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Los cien mil nombres

¿Qué es lo importante de un nombre? ¿Su forma, el objeto que designa, el contexto ideológico que le da un sentido u otro?

La revista New Review of Academic Librarianship, en su último número de 2012, trae un artículo, de Michael Gorman, que reflexiona sobre varios aspectos. Uno de ellos, el de los nombres del usuario de biblioteca.

El director de esta publicación, previamente, ya ha puesto en antecedentes, respecto al tema, con un editorial de título inequívoco (Graham Walton (2012): Customers, Stakeholders, Patrons, Users, Clients, Members, or Readers? What Do We Call People Using our Services?, New Review of Academic Librarianship, 18:2, 111-113). No es ningún capricho nominalista, pues de la etiqueta que le apliquemos a la persona que hace uso de los servicios bibliotecarios, dependerá la forma que le demos al propio servicio

Algunos, afirma Walton, desde ámbitos de la economía prefieren el término “clientes”. ¿Pero eso es lo que son los usuarios de biblioteca? Un cliente es alguien que compra un producto o un servicio. Por tanto, bajo este enfoque, la biblioteca sería una tienda, una tienda que ofrece información. ¿Pero solo es eso? Algunos creen que no, como Gorman (Michael Gorman (2012): The Prince’s Dream: A Future For Academic Libraries, New Review of Academic Librarianship, 18:2, 114-126). Este autor piensa que la biblioteca es mucho más que eso y, para explicarlo, bucea en los valores que la definen.

Los auténticos valores de la biblioteca, para Michael Gorman, son: servicio y administración.

Servicio a la sociedad, a la comunidad, a la humanidad. No conformarse con la universidad como inmediato colectivo al que servir. Más allá de este hay una sociedad en la que la institución está inserta.

Administración del conocimiento consiste en ser el custodio, para la posteridad, del registro cultural humano y en hacer que la gente acceda a él.

Por lo tanto, para Gorman, los dos valores (servicio hacia la sociedad y preocupación por la herencia cultural) nos enfocan el camino a seguir: integración de esfuerzos con la comunidad, es decir, instituciones culturales como archivos, museos, galerías, y otras organizaciones y corporaciones de similar implicación.

Hoy en día tiene cierto predicamento el aplicar tecnología y gestión científica a las bibliotecas. Y no hay duda de que se trata de elementos importantes. Pero no son valores sino herramientas, y convertirlas en un fin en sí mismo es elevarlas a una categoría que no tienen. La gestión científica tiene su ámbito propio. Se ocupa de la eficiencia y los resultados, de la racionalización y normalización del trabajo a través de estrategias de medición, de división de tareas, de estudios. Tomarlo como fin, da como resultado desenfocar el concepto mismo de la tarea bibliotecaria.

Un error muy común de esta perspectiva cientificista (por denominarla de alguna forma), por ejemplo, es el de asumir que existe un paralelismo entre las bibliotecas y las entidades comerciales. Lógicamente, si aplicamos la racionalidad mercantil, los usuarios de biblioteca serían clientes que necesitan satisfacer sus necesidades de información. Pero una biblioteca no solo se dedica a la información. Si fuese así, si redujéramos una biblioteca a suministrar información, la haríamos equivaler a un servicio comercial, un motor de búsqueda. De un plumazo eliminaríamos de la definición de biblioteca atributos tales como el de ser custodio del conocimiento y portal de acceso a él, el propio lugar que ocupa dentro de su entorno, su participación en el movimiento alfabetizador de la sociedad, su rol como entidad volcada hacia la enseñanza o, de hecho, contener una gran parte del registro cultural humano, que está impreso.

Claro, por otra parte, alguien podría argüir que todo esto está alejado de la realidad pues ésta ha cambiado, y que las bibliotecas sí “perderán a los usuarios si no son competitivas respecto a otros” servicios (Hong Wang,  (2006) “From “user” to “customer”: TQM in academic libraries?”, Library Management, Vol. 27 Iss: 9, pp.606 – 620). Los que así piensan, creen que las bibliotecas necesitan atraer a los usuarios, justo como los negocios necesitan atraer a sus compradores. Por ello, desde este punto de vista, la biblioteca debe cambiar y adaptarse a otros sistemas de gestión más enfocados a la satisfacción del cliente, entendido éste como en otros sectores.

Imágenes: Biblioteca joanina (Coimbra); Biblioteca de Santa Cruz (Valladolid); Biblioteca General Histórica (Universidad de Salamanca); Carolina Rediviva (Universidad de Uppsala); antigua Biblioteca de la Universidad de Praga (hoy Nacional checa); planos de biblioteca de la Universidad del Mar (Oaxaca)

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